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iriam  Piqueras,  directora  médica  de  Sanitas  mayores, ha
       M  advertido  de  que  el  cambio  de  rutinas,  el  calor  y  la  menor
       disponibilidad  de  apoyos  en  verano  intensifican  la  carga  física  y
       emocional de quienes cuidan a una persona mayor dependiente.

       La  experta  afirma  que para  muchas  personas  que  cuidan  a  un   Según la especialista, el calor añade un factor clínico relevante. Las
       familiar mayor dependiente, especialmente cuando existe deterioro   personas mayores, y más aún quienes presentan deterioro cognitivo,
       cognitivo o Alzheimer, las vacaciones no siempre suponen una pausa.   pueden  tener  más  dificultad  para  identificar  la  sed,  expresar
       La responsabilidad diaria continúa, pero cambia el entorno, se alteran   malestar o adaptar su actividad a las temperaturas elevadas.
       las rutinas y pueden reducirse algunos apoyos habituales.
                                                              Esto  obliga  al familiar  que  presta  apoyo  a  mantener  una  atención
       "En verano, muchas familias cambian de casa, viajan o reorganizan   constante sobre la hidratación, el descanso y los posibles signos de
       horarios,  pero  la  persona  cuidadora  sigue  pendiente  de  la   descompensación. Cuando esa alerta se prolonga durante días, puede
       medicación,  la  orientación,  las  comidas  o  los  posibles  cambios  de   aumentar la fatiga del cuidador y dificultar una recuperación real.
       conducta de su familiar. Esa vigilancia continua, aunque nazca del
       cariño,  también  consume  energía  física  y  mental.  Reconocerlo  no   Además, la sobrecarga no siempre se manifiesta de forma evidente.
       significa  cuidar  menos,  sino  cuidar  de  una  forma  más  sostenible",
       explica Piqueras.                                      (Seguir leyendo)
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          l sueño, el Alzheimer, el riesgo genético y los microdespertares quedaron vinculados en un estudio de la Universidad de Lieja que sugiere
       E  una vía para detectar antes la vulnerabilidad a la enfermedad neurodegenerativa, incluso antes de que aparezcan los primeros problemas de
       memoria.

       La investigación halló que, entre adultos sanos de mediana edad, una mayor frecuencia de despertares nocturnos breves se asocia con una
       mayor predisposición genética, un vínculo que no apareció en adultos jóvenes.

       El  trabajo  analizó  a  más  de 500  personas sanas  y  comparó  dos  grupos  de  edad: adultos  de  18  a  31  años  y  participantes  de  50  a  69
       años. Según el estudio, la asociación entre riesgo genético y fragmentación del sueño solo se observó en el grupo de mayor edad, pese a que
       sus integrantes no presentaban signos clínicos de la enfermedad.

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