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| OPINIÓN














        APRENDIENDO
                                                uelvo a sentir de nuevo ese gozo de rememorar mi existencia a
        A VOLAR                          Vlargo plazo. Esa receptividad de mis recuerdos más agradables
                                         que se han almacenado en mi memoria. Y como un desliz freudiano que
                                         me lleva hasta el arcano de mi infancia, hago una revisión placentera
                                         de mi vida. Yo soy en parte el resultado de un recuerdo que me facilita
                                         la reconciliación con los conflictos del pasado. Y en esta revisión de mí
                                         mismo, en este subterfugio de la inteligencia y la propia estima, yo me
                                         creo mejor en el pasado que en el futuro. Decía Marañón que la vejez es
                                         la suma de toda una vida. Pero si se envejece, recordando a Cicerón, sin
                                         agriarse como los buenos vinos. A veces pienso si una buena vejez no es
                                         otra cosa que un pacto sincero con el pasado.
       César de la Lama
       Escritor y periodista             Recuerdo cuando vi por primera vez el mar; la mar, diría yo después.
                                         Despertó en mí una inquietud que me hizo aferrarme a la barandilla de
                                         la playa. Mi madre me cogió en sus brazos para que no me salpicaran
                                         las olas al romper en la pleamar (… aquella barandilla de mi juventud,
                                         la barandilla de La Concha donostiarra, artística, renacentista. Todo un
                                         símbolo de la ciudad que minimizada en plata y oro colgaba del cuello de
                                         las féminas donostiarras. ¡En ella me apoyé tantas veces!).

                                         Recuerdo que quise volar como las gaviotas cuando las vi evolucionar
                                         en el aire sobre las aguas. Sentí un deseo casi irrefrenable de elevarme
                                         en las alturas. De tocarlas con la mano. De imitar sus alegres correrías
                                         aéreas, dejando caer el suave plumaje de su débil cuerpo contra el aire.
                                         Como heraldos de la primavera, las grandes aves marinas anunciaban
                                         así que los vientos del sur se aproximaban a la costa. Quise cruzar como
                                         ellas las aguas de la bahía y flotar sobre los barcos que navegaban en la
                                         lejanía.

                                         Todo un proyecto vital surgió de improviso en la incipiente consciencia
                                         del niño-hombre que yo era entonces, que por vez primera veía volar a
                                         los pájaros del mar. Mi percepción me invitó a imitar a las aves marinas.
                                         Y sacudí frenéticamente mis pequeños brazos. Pero todo fue inútil. Mi
                                         cuerpo no se movió. No me despegué lo más mínimo del contorno de mi
                                         madre. No entendí por qué esta limitación. Mi memoria, que comenzaba
                                         a almacenar datos, no me aportó nada nuevo sobre esa gran aventura que
                                         contemplaba ensimismado. Miré a mi padre, junto a nosotros, de forma
                                         interrogante. Yo quería volar como las gaviotas. Y por toda respuesta
                                         obtuve una sonrisa. Creo que este fue mi primer deseo frustrado. Ese día
                                         mi mundo ideario se vino abajo. Renuncié definitivamente a revolotear
                                         y remontarme sobre las nubes. Había fracasado. Pero añoro aquel día de
                                         mi niñez en el que ingenuamente quise elevarme en el aire como las aves
                                         marinas.








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