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Maika Aniceto: “Siempre me regalan libros…”










                                                                             “Cualesquiera que hayan sido nuestros
                                                                             logros, alguien nos ayuda siempre a al-
                                                                             canzarlos”.


                                                                             “Yo mismo, al mirarme, me costó re-
                                                                             conocerme. Ahora me daba cuenta por


                                                                             “Cualesquiera que
                                                                             hayan sido nuestros
                                                                             logros, alguien nos
                                                       La escritora
                                                       madrileña, a quien    ayuda siempre a
                                                       leer y escribir       alcanzarlos”
                                                       llena su jornada, se   (Althea Gibson)
                                                       decanta decidida por
                                                       el libro de papel y
                                                       nada proclive         qué corrió el hombre al verme y si me
                                                       a las máquinas y
                                                       ordenadores...        acercaba a preguntar a alguna persona
                                                       “El libro, siempre”.  con la pinta que tenía, no me haría caso.
                                                                             Tenía que buscar un sitio donde poder
        La niña que llevaba en sus brazos se le  “A la mañana siguiente –concluye  cambiarme de ropa, porque si me viera
        escurría. El hatillo de la espalda se ha-  Maika este pasaje–, el hombre abrió  la policía así les daría motivos para sos-
        bía mojado y le pesaba horriblemente.  la puerta y, acurrucados a ella, vio los  pechar. Por otra parte, tenía que llegar a
        Tenía que encontrar un sitio donde pa-  tres cuerpos helados, abrazados, como  casa de mi amigo cuanto antes…”.
        sar la noche. Miró a lo lejos y vio una  queriéndose dar calor unos a otros. Y
        casa. El niño arrastraba sus pies, ya sin  el perro de la casa, más compasivo que  “Llegué a una placita pequeña y vi un
        fuerzas para poder levantarlos.   el dueño, les lamía la cara”.      hombre muy viejo, que estaba dando
        –Vamos Lok, un esfuerzo más –y le                                    de comer a las palomas. Le enseñé el
        apretó la mano, como dándole la fuer-  Premio Internacional          papel con la dirección , pero el pobre
        za que ella no tenía…”.           Pro Derechos Humanos               no lo podía leer, porque casi no veía y
                                                                             yo no sabía hablar su idioma…”.
        “La distancia se acortaba, pero tam-  Maika Aniceto consiguió con su libro
        bién sus fuerzas.                 El tejedor de relatos el Premio Interna-  “El viejo metió la mano en el bolsillo y
        –Ánimo, hijos, que ya estamos cerca.   cional Pro Derechos Humanos, libro  me dio cinco duros. Desalentado y sin
        El  pequeño  hizo  su  último  esfuerzo,  editado por Solingraf (Ediciones Letra  saber qué hacer, me senté en un banco
        pero sus menudos pies apenas podían  Clara, Sistema Libre de Edición).  que estaba al lado. En el mismo sitio
        moverse. El sufrimiento y el agota-                                  estaba sentado un hombre de unos cin-
        miento  se  reflejaban  en  su  menudo  Sobre Lazos de Sangre, publicado dos  cuenta años, que tarareaba una canción
        rostro y la lluvia lo empapaba todo.  años más tarde que El tejedor de rela-  que yo conocía, porque era árabe como
        Tiritaba  y  el  castañeo  de  sus  dientes  tos, esto es, en 2004, y por la misma  yo. ¡Qué alegría! Le hablé en mi idioma
        no cesaba. Ya habían llegado. Llama-  editorial, Maika hace el siguiente relato  y me entendió. Se ofreció a acompañar-
        ron a la puerta y salió un hombre, que  sobre uno de sus capítulos –“El hace-  me, ya que estaba muy cerca de su casa
        les preguntó de dónde eran. La mujer  dor de llaves”, el epílogo del mismo–,  la dirección que yo traía. (...) Al llegar,
        suplicó:                          libro del que ella misma es “también  saludó a mi amigo, porque se conocían,
        –Mis hijos están ateridos de frío. Por fa-  autora de su ilustración”, y al que de-  y yo me quedé. (...) Hoy hago llaves y
        vor, déjeles entrar a ellos, por favor…”.  dica un comentario de Althea Gibson:  pronto traeré a mi familia”.


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