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| OPINIÓN
Este año me fui de vacaciones además de con el cansancio acumula-
Edo de todo el año sin salir de Madrid, con una sensación de amargura
muy intensa, esto se debía fundamentalmente al panorama económico y
político tan umbrío que planeaba sobre nuestro país, a la crisis económi-
ca mundial había que sumar la específi camente nacional, el recorte en los
gastos públicos, en nuestras nóminas, en mi nómina, el colapso defi nitivo
en la construcción, el número enorme de parados, el astronómico défi cit pú-
MIS blico, el deterioro de las instituciones constitucionales, el ambiente político
VACACIONES tan crispado, tan agresivo entre unos y otros, los escándalos fi nancieros de
casi todos los partidos, la paralización de las obras públicas con lo que esto
supone, el daño irreversible a la industria farmacéutica, la caída del consu-
mo, la recesión, los augurios más pesimistas en los ambientes fi nancieros. Si
a esto unimos el trabajo que realizo por las tardes en un órgano neurálgico
y político de uno de los ministerios de mayor presupuesto nacional y por lo
tanto la información que recibimos día a día, nos podemos hacer idea del
estrés que acumulaba y que se traducía en tristeza, pesimismo y como decía
con mayor exactitud en amargura.
Han sido sufi cientes cinco semanas alejado de la capital, dos de ellas junto
al mar en un hotel maravilloso de la provincia de Castellón y otras tres en la
alta montaña, en la ladera norte de la sierra del Guadarrama, entre los pi-
nos de Balsain, para que mis sentimientos y mi visión emocional cambiaran
totalmente. Para esto ha sido necesario dejar de escuchar la radio, no ver
la televisión ni leer ningún periódico. En realidad he pasado casi cuarenta
Germán Ubillos Orsolich días en un silencio informativo y he comprobado que existe otro tipo de
Periodista y escritor vida, una vida alejada del bullicio de la Villa y Corte, del mundanal ruido y
del mundo de la política y de la economía. Sin políticos, sin periodistas, sin
comentaristas, sin noticias, sin información, el silencio a mi alrededor solo
levemente alterado por el murmullo del mar y el ulular del viento suave en el
pinar, digo esto porque me tumbaba en una esterilla y me quedaba así horas
y horas contemplado las altísimas copas de los pinos, su suave zimbreo, y los
jirones de cielo azul rotos a veces por alguna nubecilla o algún minúsculo
avión estratosférico como un punto plateado de luz.
No es fácil explicar la paz que me ha ido invadiendo, la serenidad y el poco
deseo por no decir ninguno de volver a la ciudad. ¿Se podría vivir de esa
manera disponiendo de unas rentas que nos permitieran estar así tiempo y
tiempo, meses y meses?, creo que sí, es una sensación de bienestar inefable,
como el del bebé que en brazos de sus madre se mece suavemente hasta lle-
gar a dormirse, sabiendo además que está al abrigo y protegido de la más
mínima preocupación, sobresalto y riesgo.
Efectivamente, hay otra vida, otras vidas que no vivimos porque solamente
se puede vivir una de ellas o a lo más dos, pero que existen y que son tan
dignas de ser experimentadas como la que vivimos con asiduidad, otra for-
ma de sentir el paso de los meses y de los años, el paso de nuestra vida de la
cuna a la tumba de una manera totalmente diferente, y no por eso al llegar al
fi nal de nuestros días decir que la hemos perdido, que la hemos malgastado.
Quizá se trate de contemplar el universo que nos rodea, la belleza y la paz
que nos envuelve por el mero hecho de haber nacido, ese es quizá el punto de
arranque de esta refl exión, lo que Hamlet, el príncipe de Dinamarca, defi nía
con el famoso pensamiento, la frase archirepetida “ser o no ser”. Una vez
aparecido el ser, nuestro ser en el universo de lo creado, hay muchas opciones
para elegir, lástima que con tanta frecuencia optemos solo por una de ellas.
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